domingo, 19 de julio de 2015

Cuando se van las abuelas






   
A Ele, por haberme amado como a nadie.



                                         

Puedo reír
aparentar que soy casi feliz
pero detrás de la máscara
detrás del disfraz cotidiano
escondo
por decirlo de algún modo
un infinito dolor.

¿Quién me amará como tú?
¿A quién le confesaré mi último secreto,
le leeré emocionada lo que pretende
ser un poema?

¿Quién será ahora mi cómplice,
me devolverá la sonrisa con sólo un gesto?
¿Y quién esperará impaciente
el café de cada tarde?

Para qué regresar
si ya no me esperas en el viejo sillón.

Cómo, con qué coraje abro la puerta
si la fuerza me abandona
y tu ausencia todo lo inunda.
                                                                                                                                                                         





                                       

martes, 14 de julio de 2015

Io avrò cura di te










Era casi media noche cuando regresábamos a casa, desde la radio de su viejo coche de repente pusieron "La cura" de Battiato.

Ya conocía esa canción, alguien en Milán un año antes me había amado y regalado varios discos de los grandes cantautores italianos.

La última noche con Diego llegaba a su fin, pero yo no quería irme y dejar atrás aquel hombre, sabía con certeza que de hacerlo nunca más lo volvería a ver.

Terminaban mis días en Emilia-Romagna, después de seis meses sin conseguir trabajo estable no podía continuar allí. Llegó el momento de partir, de volver a comenzar de cero, de sacar fuerzas.

Otra vez regresaba a Lombardía y Diego no podía hacer nada para retenerme, mi billete de tren aguardaba, también Brescia y un futuro incierto. Ese era el precio que debía pagar.

Alguien dijo una vez: "la suerte consiste en creer que tienes suerte", pero conmigo no funcionó y el hecho de haber podido escapar de la Isla pasó a convertirse de suerte en horrible pesadilla.

Era más fácil desistir, darse por vencida, regresar a Cuba, pero yo no quería ni podía rendirme. En ese país había dejado mis mejores años, allí bajo aquel sol y calor asfixiante fui feliz y no lo sabía.

Había llegado la hora de demostrarme que sí podía y que intentaría ser fuerte a pesar de todo. Ya no se trataba de aprender el idioma, ni de lidiar con la burocracia para legalizarme, 
mucho menos de adaptarme a nuevas costumbres. Tenía que continuar mi camino y amar era un lujo que no podía darme en ese momento. 

Jamás volví a ver a Diego.
A menudo lo recuerdo, sobre todo cuando escucho a Franco Battiato interpretar "La cura".