Soñaba con la nieve,
con los inviernos rusos de Chéjov,
con las montañas intactas de Suiza,
como si el blanco pudiera redimirme.
No quería otra cosa
que escapar del muro invisible,
de la isla convertida en prisión,
de la voz áspera de la dictadura.
Pero nadie lo sabe
nadie nunca sabe
qué destino se enciende
cuando un avión corta el cielo.
Europa no era la promesa del cine
que compartía con mi abuela;
era frío en los huesos,
soledad en otra lengua,
la nostalgia en la maleta.
Y aún así, no caigo.
Soy raíz que resiste,
hilo de hierro invisible,
tan fuerte
que ni yo misma me reconozco.

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