domingo, 15 de agosto de 1993

Todo resquicio te pareció nada







Ahora, cuando el suspiro me deslumbra,
siento que la soledad se impone;
pero sigo desprovista de paraguas,
entorpeciendo tu certeza.

Nunca fui estatua invulnerable,
porque el mármol no se ruboriza
ni osa adentrarse en mi aletear.

Sé que andas tras la perfección
—o el hechizo—
inventas laberintos abstractos
para nunca llegar.

Ah, infeliz; todo resquicio
te pareció nada.

A veces pienso que la calma
es un animal extinguido,
y no dejo de maldecirte,
sanamente.

Ojalá al menos me odiaras.